En la actualidad, estamos inmersos en continuos procesos de cambio. El cambio forma parte de nuestras vidas, hasta tal punto que debemos estar entrenados para aprender a afrontarlo.Sin apenas darnos cuenta, en nuestra vida diaria desarrollamos un sinfín de habilidades en todas aquellas tareas que se nos antojan cotidianas. ¿Y con qué finalidad? Pues con la de superar con éxito el cambio permanente al que estamos indiscutiblemente emplazados. De esta manera, empezamos a desarrollar habilidades de gestión en todos los planos de nuestra vida, empezando por algo tan sencillo como el poder atender nuestras necesidades más básicas -amor, salud, alimentación-, pasando por el afrontar nuestro día a día: educar a unos hijos, mantener un hogar y relacionarnos con todas aquellas personas que forman parte de nuestro más cercano entorno.
Cuando intentamos conseguir la mejor educación y atención para nuestras familias; cuando ponemos nuestro mayor empeño en preservar la armonía en nuestro hogar para facilitar el entendimiento de los que convivimos bajo un mismo techo; y cuando pretendemos perpetuar las relaciones con las personas más allegadas, necesitamos poner en marcha una serie de habilidades que podríamos asimilar a aquellas otras competencias profesionales que desarrolla un buen directivo.
¿Cuáles son esas habilidades? ¿Quiénes pueden aplicarlas? A lo largo de la historia contemporánea hemos oído hablar de grandes líderes en ámbitos políticos y en otros, como las artes, pero no debemos olvidar que todos ellos han sido personas que han debido conciliar sus grandes gestas con su vida cotidiana. Para conseguir ese buen resultado o reconocimiento profesional, el líder ha tenido que entrenarse en planos mucho más cercanos, diarios y -por qué no decirlo- domésticos.
Hoy en día, todos hemos de saber gestionar cuentas financieras, con sus pequeños cuadros de ingresos y gastos, desviaciones presupuestarias, memorias anuales, etcétera. Lo hacemos bajo un estricto sentido de la organización que, a la vez, se ve favorecida por las pequeñas incidencias que implican volver a reorientar intentos. Con todo ello lo único que estamos haciendo es concentrar esfuerzos y aplicar nuestras habilidades de gestión a tareas diarias que, no por ser más comunes, son menos importantes o interesantes.
Debemos alentar el propósito de mejorar a través de las competencias que aplicamos en el desarrollo de nuestra profesión: las habilidades que se desarrollan a través del trabajo en equipo, del entrenamiento constante, del cultivo de la motivación y de la evaluación de nuestro rendimiento.
Todo con una única finalidad: conseguir ser mejores y que la excelencia que buscamos en nuestra profesión se aplique a nuestra vida diaria para estar siempre preparados para afrontar cualquier cambio, igual que cualquier buen directivo.
fuente del artículo: http://www.expansionyempleo.com
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